En 1999, Bra y otros tres pueblos italianos firmaron una petición para convertirse en refugios de la gran velocidad del mundo actual. Promueven el placer antes que el beneficio, las personas antes que la oficina central, la lentitud antes que la velocidad. El movimiento se llama Slow Cities y actualmente hay cada vez más pueblos adheridos en Europa. Tiene como objetivos: reducir el ruido y el tráfico, aumentar las zonas verdes, apoyar a quien vende productos artesanales. Lo principal es relajarse, reflexionar, no estar pendiente del tiempo, reducir el estrés y cuidar el medio ambiente.

La sociedad actual se desarrolla como si el tiempo fuera un recurso limitado. Esta relación malsana, sostiene Carl Honoré, tiene cura con lo que propone la “revolución de la lentitud”. La clave, estar en armonía con uno mismo, así se puede fluir en un estado dinámico sin lucha. Y advierte que lo “fast” deshumaniza

Vivir despacio no implica que te detengas.
Las prisas no traen la felicidad sino que ocasionan estrés y ansiedad.