Debemos empezar a ser conscientes con nuestras decisiones y nuestros actos.

Estamos destruyendo el Planeta.

Consume menos y mejor.

 

 

Los españoles gastamos cada vez menos en ropa. Al menos, así lo reflejan los datos proporcionados por el Instituto Europeo de Diseño (IED), que dejan patente que desde el 2008 hasta enero de 2017, el porcentaje que las familias destinaban en ropa disminuyó un 7% en términos absolutos. Y atención al matiz de «absolutos», porque ahí está el truco: en términos relativos aumentó. Es decir, que pese a que destinamos un presupuesto menor, la cantidad de prendas que engrosan nuestro armario crece exponencialmente.

«La gente no invierte en piezas buenas, pero compra mucha cantidad de ropa mala, de usar y tirar. Esto tiene unas consecuencias devastadoras a nivel ecológico. La industria de la moda es una de las más contaminantes, y estamos devastando nuestro planeta por comprar cosas que nos duran unos meses», apunta Rocío Ortiz de Bethencourt, directora del IED de Madrid.

Y es que si la moda y la sociedad han ido de la mano a lo largo de toda la Historia, hoy, más que nunca, la sociedad en la que vivimos es clave para entender la moda rápida. «Impone un ritmo, unas pautas, unos hábitos y, por supuesto, una estética. Cuando te dan la opción de poder pertenecer a esa masa sucumbimos a la influencia social. Los precios del fast fashion son muy competitivos», asegura Esther Diez, directora del Instituto de Estilismo y Moda (IDEM) y experta en sociología de moda.

Además, internet ha sido otro de los grandes propulsores de este consumo de usar y tirar. La revolución digital ha permitido asistir en tiempo real a los desfiles, conocer antes las propuestas de marcas y ha dado la opción de viralizar prendas. «Hay un tipo de consumidor que no quiere esperar seis meses a que la ropa llegue a las tiendas, las quiere aquí y ahora. Es la base del concepto del see now, buy now[ve ahora, compra ahora] por el que han apostado algunas marcas de lujo», explica Mercedes Rodríguez, profesora de marketing de moda de la Universidad Politécnica de Madrid.

Las redes sociales, por su parte, también han contribuido en gran medida a afianzar este modelo, favoreciendo un consumismo desmedido. Así, la gente joven se niega a salir en sus cuentas de Instagram o Snapchat, que actualizan varias veces al día, con la misma ropa. Necesitan nuevas prendas que mostrar y qué mejor que ropa barata para alimentar su imagen.

Este modelo, el de conseguir que las prendas estén disponibles en tiempo récord y que las tiendas renueven cada 15 días parte de su stock supone, además de un estrés para las empresas, diseñadores y creativos, una reducción de la calidad de las prendas. «Por otro lado, es complicado que esa ropa sea 100% sostenible: la sostenibilidad implica cumplir unos plazos de fabricación de tejidos, pigmentos naturales… que hoy por hoy no está industrializado», apunta Ortiz de Bethencourt.

Y precisamente por este motivo, la corriente del slow fashion empieza, cada vez más, a cobrar fuerza en España. «Se trata de moda sostenible, pero no ecológicamente hablando, sino algo mucho más profundo. Se mira que los componentes químicos no sean cancerígenos, en qué condiciones trabajan las personas que elaboran las prendas…», explica Ortiz de Bethencourt. Y añade que, en contra de lo que pueda parecer, no tendría por qué ser contraria a las grandes cadenas de distribución. «Estos grandes grupos han sido pioneros en crear departamentos de responsabilidad social corporativa cuando empresas pequeñas ni contemplaban que eso podía existir». Rodríguez apuntala el compromiso de estas firmas hablando de las colecciones sostenibles por las que han apostado, en los últimos meses: la línea Join Life by Zara, H&M Conscious, Top Shop Reclaim o ASOS África. Incluso algunas casas de lujo, como Armani han lanzando ya colecciones con tejidos ecológicos.

Pero, ¿hacia dónde vamos realmente? Ortiz de Bethencourt lo tiene claro: «Llegará un momento en el que la gente, tanto en el fast fashion como en la industria del lujo, integren el concepto de moda sostenible. Pero, de momento, ambas industrias están destinadas a convivir». Palabra de experta.

Regina Navarro.